Rusty James & Motorcycle Boy


                                      CAPÍTULO 8: CUANDO EN VERANO NO PODÍAMOS DORMIR HASTA LAS TANTAS

A la memoria de mi amigo Cristóbal

       Servía en el Galería antes del 23-F. Me conocía desde siempre y le extrañó verme allí, en aquel lamentable estado, pero alguna vez tendría que ser la primera. Al día siguiente juré no volver a repetirlo pero fue inútil, el ritual con el Shine On You Crazy Diamond formaba parte de mi socialización, escapar a él comportaba aislamiento y tedio. Su voz parecía seguir a pasos agigantados la misma evolución que la del autor del 'Blue Valentine'. Era nuestro hermano mayor, nuestro Motorcycle Boy de la noche vilagarciana.
        Aquel jueves en Klangor por poco se lía. Sigo la procesión con un hacha de cera... Esta versión Maxi me golpeaba las entrañas y hasta las baldosas del suelo parecían reventar con aquellos graves fulminantes. Aquella chiquita de primero de Graduado Social no estaba mal y parecía disponible. Hasta que entró ÉL y se esfumó el posible ligue. Se lo dije y flipó en colores.
        
Porque pasado el susto le confesé cada desesperante periplo semanal jurándome no dormir solo. Ya vendrá, ya vendrá lo que tenga que venir –era su consejo–. Pero la paciencia no era un don aplicable a esas edades, buscaba el éxito, lo quería ¡Ya! Si no había suerte la noche se alargaba al máximo y de regreso a casa mi trayectoria coincidía con la de la máquina del servicio de limpieza que se afanaba por abrillantar las losas del Franco. La ciudad y yo éramos como un todo. Era mi timidez
frente a su audacia.                                        

CONFESIÓN Nº5

        Había crecido con ella, The Best Disco in Town. De críos vaciábamos sus cubos rebosantes de mala vida para despegar de las chapas aquel plástico con premio. De paso y aprovechando que la limpiaban entrábamos sigilosamente pero el tufo a tabaco nos hacía retroceder Ipso Facto. Aquel local atraía a jóvenes de media provincia y a nosotros nos atraía la carpintería contigua. A través de un agujero en la pared forrada de pica pica fisgábamos convencidos de estar en Pecado Mortal.
Lo que veíamos escapaba a nuestra comprensión, a nuestro pequeño mundo: una bola de cristal suspendida del techo lanzando miles de luces multicolores sobre el gentío que bailaba desaforadamente el majestuoso Philadelphia Sound. T.S.O.P., la misma canción que sonaba en las atracciones de Santa Rita instaladas detrás de La Plaza, mezclada a partes iguales con el soniquete de la tómbola y sobre todo con aquel intrigante mensaje que me corroía de curiosidad:

¡Pasen y vean el Monstruo de Guatemala!

Lo que hubiera dado por entrar en aquella barraca. Mi imaginación se disparaba; el monstruo surgido del terremoto, allí, y YO sin poder verlo.
        En las calurosas noches de verano me aprendía de memoria el repertorio.
Desde La Unión, Blondie y The Cars hasta Tears For Fears, Modern Talking y Village People. Cuando había pelea los vecinos salían al balcón observando en silencio como espectadores privilegiados. Se me hacía raro entrar estando a dos pasos de casa, hasta que el pop anímico de Betty Troupe logró vencer mis prejuicios. Twisting by the Pool me instaló en la confianza.

        Con mi flamante Vozcaconlima me acerqué a ella y el olor de su pelo recién lavado precipitó el incendio de la burbuja personal de Flora Davis. Apenas podía vislumbrar la entrada rosa bajo su Granadina cuando alguna de las luces estroboscópicas caían sobre nuestra mesa. Undercover of the Night, Moonlight Shadow y El Pistolero atravesaron como lóstregos nuestros diez minutos herederos de Warhol, mientras recorría su pelo, sedoso y radiante.
Why am I so shy? Oh, baby, you’re so vicious...
Aquellas noches interminables tocaron fondo, el declive llegó en favor de
Mermelada. El temido relevo generacional, del Born To Be Alive al Isn’t So Fucking Sunny?, del Cubata al Perico, de la Cuna a la Tumba.

        El
Rumble Fish del Pizarra se contorneaba amenazante contra la pared de cristal de la pecera al acercarle un espejo. Así me sentía yo, quería rebelarme contra el implacable destino. Volviendo a las andadas, mi adorada Ana Curra se puso Piaf sentenciando desde las decibélicas cajas del Pirámide:

“Con La Operación Primavera y con El SIDA_ se acabó La Movida”


 
Referencias básicas