Galería fotográfica


                                    
  CAPÍTULO 3: EL DESPERTAR DE UN MUNDO NUEVO LLENO DE POP

En recuerdo de Eduardo Benavente y Carlos Berlanga

        A 600 kilómetros. Lo más cerca que llegaría a estar del cuarteto de Liverpool. O quizá menos; quién sabe si la ruta de aquel famoso avión de Iberia no sería la causante de alguno de aquellos senderos espumosos que surcaban el cielo.
        Pero desde mi sillita de Jan
é lo único que veía era el Seiscientos de Nacho aparcado mientras hacía su trabajo cámara en mano arengando a los más pequeños con su popular lema “Nacho... foto”. La Punta del Muelle -término heredado del antiguo embarcadero metálico- era el final del transitado paseo dominical donde se daba la vuelta. Luego se volvía por la acera contraria en dirección a La Alameda, y con suerte caía alguna golosina de algún puesto ambulante instalado sobre los bancos de piedra.

        Me sentía afortunado por haber nacido en los sesenta, casi coincidiendo con el estreno de Ajardeisnait. Desde Lobeira tampoco se divisaba Abbey Road, aunque casi podía sentir el estrépito de las fans en la estación de Londres.
        A los tres años el nombre de San Francisco tan sólo lo relacionaba con mi colegio y con la Madre Superiora cuando se dirigía a la mía pellizcándome un moflete:
Este niño no habla nada. El único requisito para participar del Summer of Love era entrar en la ciudad con una flor en el pelo. Perfecto. Si de algo podíamos presumir era de poseer el jardín más florido de la comarca: El Jardín de Ravella, lugar donde nos daban la merienda en aquellos bancos de azulejo amarillo y azul mediterráneo con un surtidor en medio.

        Desde allí no alcanzaba a las camelias que suspiraban por desprenderse de tan pesada carga y me tuve que conformar con un capullo de los del suelo de vivo color rosáceo. Ya podía conocer a
Grace Slick y a un tal James Douglas Morrison. En el aeropuerto compostelano un señor que portaba una guitarra enfundada me preguntó si sabía en que facultad tenía que tocar. Con el tiempo descubriría que aquel catalán se llamaba Raimon y que sus amigos Benedicto y Xavier marcarían un hito histórico para nuestra canción un año después –esta vez sí lo sabía– en la Facultad de Medicina.
        Por el transistor del Carballinés me enteré de que unos gamberros surcaban el Támesis aporreando instrumentos y mofándose de su Graciosa Majestad. Corrí a buscar en el cesto de costura un imperdible y lo sujeté horizontalmente en el forro de plástico del Catecismo de 7º.
        A pesar del pasotismo reinante organizamos en el Verano del 79 el que se podría considerar como primer Festival Rock local. En la pista de tenis heredera del gran Enrique R. Lafuente actuaban Los Sonidos del Abismo. Lo progresivo estaba demodé. En una cafetería de la Plaza de la Independencia me hipnotizó aquella actuación de Tocata, aquellos muchachos alocados predicando su Enamoramiento por la Moda Juvenil. Fue el primer flash. Algo estaba sucediendo ahí abajo y no me lo iba a perder. Apurando al máximo el Chequetr
én entré en los dominios de Tierno Galván.
        Me alojaba en una pensión cercana al Parque de las Avenidas, un barrio residencial de la zona norte. El Rock-Ola no quedaba lejos, las Torres Blancas me orientaban. Se anunciaba el que se preveía como último concierto de los
Pegamoides en la capital. No quedaban entradas. En la puerta el atasco humano era monumental. Reconocí entre la algarabía a Javier Furia y me pegué a él tanto como pude entrando como una exhalación en los camerinos de donde no me moví.
        Al verlos llegar me parecieron más humanos y accesibles que en las fotos promocionales; no llevaban las pinturas de guerra ni la sofisticada vestimenta habitual. Faltaba Carlos, entonces era verdad. Los Pegamoides ya eran historia antes de salir su primer Lp, los tira y afloja con la compañía le habían quemado y ahora iba por libre. Una verdadera lástima.
        Me presenté como reportero del MENTAL, el prestigioso Fanzine, y tras unas preguntas los inmortalicé en el pasillo del backstage con mi pequeña Werlisa. Olvido, Eduardo, Toti, Ana y Nacho posando despreocupados. Esta sería la prueba a la que acudir en el futuro en caso de duda. Con el tiempo, el desvanecimiento de la percepción distorsiona la historia y el tamiz aplicado filtra la memoria según que intereses.
        Afortunadamente, estuve allí para contarlo.