No hace tanto que dependíamos de las máquinas de discos de los bares y Salas de Juegos –no, no me olvido de los coches eléctricos ni de The Teens– para satisfacer el hambre de novedades musicales. La FM no existía, para las Boites y discotecas no teníamos edad, y de las barras americanas, ni hablemos.
CONFESIÓN Nº
2
Lo reconozco, estuve dentro. Después de añorar ingenuamente ese instante imaginándome devorado por la perversión más atroz, después de asexar infructuosamente por sus infranqueables oculus tan inquietantes como el nombre del lugar, Petit Palace, ocurrió. Bien parapetado por gente mucho mayor que yo, atravesé aquella puerta como quien entra en el infierno, resignado pero decidido. Barra pequeña y reservados, luces de colores y, – ¡oh!, Alta Fidelidad a todo trapo. Sonaban, y ¡cómo sonaban!, los ‘Hijos del Agobio’, o sea, Triana. Eso es todo lo que recuerdo, mi desvirgue auditivo. De las chicas malas, ni rastro. Otras asociaciones menos chuscas surcan la memoria. En El Peñón, donde le dábamos a los mandos aquel 1976, dos temas perfumaban el ambiente una y otra vez, como si fuera la misma persona quien los eligiera; F4 y C8:
Livin’ Thing y More Than A Feeling. En nuestro local favorito de la Plaza de Ravella (el ya histórico Pin Club),
Resbalando -
Crazy Little Thing Called Love - Knowing Me, Knowing You - Dust In The Wind y los infalibles
Romance In Durango y
Citas sin Interrupción. En el Beiras, el arrollador
Da Ya Think I’m Sexy?
En el Pernil, Rivers Of Babylon y
Son Tus Perjúmenes. Hasta que la MTV desbancó a las gramolas de los bares y las tragaperras sustituyeron a las máquinas de bolas. Pero en un sitio resistían ambas; las poseía una sombría casa de comidas situada a medio camino entre La Alameda y La Baldosa. El repertorio musical de aquella gramola no era el más deseado y había quedado tan obsoleto que nadie malgastaba una moneda en ella. Discos propios de un garito arrabalero: Rumba-Pop aflamencada seudodiscotequera y cantantes trasnochados tipo Daniel Magal. Tres portadas adornaban el saliente frontal iluminado: Rumba Tres (María del Mar), Andrés Caparrós (Otros Caminos), y la que a mí me embelesaba perdidamente, aquella preciosidad de una tal Marian Conde (Te Perdoné). Esa pose desafiante y sensual... y ese cuerpo de escándalo. Si las niñas de hoy en día creen que enseñar el ombligo es algo propio de su generación, al ver esta imagen se desengañarán. Situémonos en 1975; la apertura era ya un hecho imparable. Durante años busqué inútilmente aquel 45 r.p.m., aquel Belter 08.527 era mi Santo Grial. ¿Y qué me dicen de esa puntilla y ese magnífico contraluz en el pelo? Aplicando las asociaciones freudianas sobre la luz y el agua (¿recuerdan la escena playera de
From Here To Eternity?), aquí el rayo luminoso adoptaría el rol masculino, encendiendo la pasión, desatando el clímax. Sin duda, la mejor portada en la historia del single patrio hasta la llegada de Ouka Lele, Ceesepe y Alberto García Alix. Nuestra Madonna cañí a reivindicar. Muy en el estilo de la portada del primer disco de Chenoa –el vertiginoso escote de nuestra aprendiz de Roberta Flack posiblemente acelere poluciones nocturnas de sus tiernos seguidores en esa edad tan confusa– pero yo me quedo con la de mi Marian, que continúa impasible mirándome y ofreciéndome...Todo.
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